ASCENSIÓN AL VOLCAN CAYAMBE

El respeto a la Pachamama (Madre Naturaleza) por su severidad, el compañerismo, el agradecimiento a eventos tan simples y complejos como un rayo de sol. 

 

M i meta era subir a la cumbre de un volcán famoso por sus peligrosas grietas, especialmente al inicio y al final de la ascensión. Sabía que había llegado a la reserva ecológica Cayambe-Coca, al cabo de una hora de viaje en vehículo de doble tracción, desde la parroquia de Juan Montalvo. En el refugio de este gigante de hielo nos recibían sus encargados con la noticia de que las instalaciones estaban totalmente atestadas de turistas, no había lugar para pasar la noche ahí, no al menos hasta que llegara la hora del ascenso. Luego de una conversación informal con los encargados, nos permitieron quedarnos a descansar en su comedor, bodega y pasillo. Una vez Solucionado el alojamiento, me dirigí a la instrucción y prácticas en el “Glaciar Hermoso” junto con las personas que me guiarían a la cumbre. Cayó la noche, la luna brillaba junto con un mar infinito de estrellas, hubo un momento en que me quedé, solo,  en medio de la nada, a contemplar su innegable y abstracta belleza. La hora de descansar llegó, me tendí en el piso del comedor tratando de cerrar los ojos para dormir un par de horas. El fuerte viento que soplaba, los susurros de las personas y el incesante ruido que provenía de la cocina, fueron los culpables de que yo y muchas personas más no pudiéramos descansar lo suficiente antes de empezar esta aventura. 

El reloj dejó oír su alarma, eran las once y media de la noche y la luz del refugio se encendió. Yo no había dormido nada, pero era el momento para alistarnos, tomar nuestras mochilas de asalto y emprender un viaje de ocho horas en la oscuridad hacia la cima. Para comenzar esta travesía, había que pedir permiso a la montaña, ¿les parece extraño? quizá para las personas que no somos andinistas lo sea, pero para quienes dedican su vida a ello es fundamental establecer un vínculo con la naturaleza. Ahora sí, a emprender la tan esperada aventura, la cual constaría de cuatro etapas, la primera y la más sencilla era subir por una gran pared de roca, cruzar la laguna verde hasta llegar al glaciar. Una vez ahí era necesario encordarnos (Encordarse es una medida de protección, cuando consideramos que comienzan las dificultades de progresión) por seguridad, en caso de que cayéramos en una grieta. Y así continuamos con la segunda etapa, una caminata por el glaciar y una pendiente de nieve que duraría 3 horas, hasta llegar a “Picos Jarrín”. Tomaríamos un descanso al final de la segunda etapa, un descanso corto, al menos ya que la falta de oxígeno era más que evidente.

Pero había que continuar y empezar la tercera etapa hacia la cumbre, atravesando un sin número de grietas, unas tan impresionantes como peligrosas. Luego de otras 3 horas se alcanza a ver la cumbre pero antes había que caminar durante aproximadamente veinte minutos más para llegar a la cima, mi cuerpo estaba agotado, los sentidos se entorpecían, sin lugar a duda la altura y la falta de oxígeno me jugaban una mala pasada. Quería rendirme, dejar todo y regresar, pero lo maravilloso de este deporte es el compañerismo, es así que recibí ayuda de otros andinistas que subían a la cumbre, me brindaron té de su termo y unas hojas para masticar; hojas que resultaron ser de coca (La hoja de coca en el tiempo del Tahuantinsuyo era considerada sagrada por sus cualidades estimulantes, esta hoja era utilizada mayormente por los chasquis que recorrían grandes distancias para llevar un mensaje) sin duda la hoja hizo efecto, en un par de minutos estaba totalmente recuperado y con ganas de seguir caminando.

La luz del sol que brillaba, era una señal de que estaba cerca de llegar a la meta. Cuando por fin pasé la última pendiente, todo se iluminó, no habría cosa alguna que impidiera que disfrutara estar ahí, en el lugar más cercano al sol en la línea ecuatorial (Paralelo 0). La vista era maravillosa, una mezcla de lo simple e inadvertido con lo peligroso y complejo. No es sino hasta llegar a la cima que uno se da cuenta de que es capaz de lograr una hazaña que resulta inimaginable en un inicio.

Luego de admirar la vista desde lo más alto del Cayambe (5.790 msnm) y divisar a lo lejos a dos volcanes el Antisana y el Cotopaxi, la hora del descenso llegaba, se iniciaba la cuarta y última etapa. Tres horas tomaría el regreso desde la cima hasta el refugio. Y así finalizaba esta extraordinaria experiencia, sin duda he aprendido mucho en este viaje, el respeto a la Pachamama (Madre Naturaleza) por su severidad, el compañerismo, el agradecimiento a eventos tan simples y complejos como un rayo de sol, la generosidad de la montaña al revelar vistas que ahora, gracias a estas fotografías, puedo compartirles. 

 

Texto/fotos: Esteban Ortega-Mli-Ecuador.

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