LOS DIABLOS DEL CARNAVAL.

En un recóndito pueblo de Guadalajara,  su atractivo son los diablos del carnaval, tanto que han sido nombrados “Fiesta de Interés Turística Provincial”.

Mientras los curiosos van llegando a Luzón, el pueblo vive la ausencia de personas, sus calles despejadas y su deficiencia de tabernas, hacen que vayan al único bar visible de la localidad.  

Los periodistas y forasteros muestran un interés desenfrenado por esta pequeño pueblo que no supera los 75 habitantes, pero que su esplendor, está entre los pobladores que han conservando uno de los patrimonios históricos culturales, más representativos de una época difícil, y que se lleva el título de mejor carnaval de Alcarria. 

Los lugareños cuentan una historia, que se ha ido trasladando de generación en generación, pero nos confiesan que en la realidad desconocen si este es el verdadero origen. Esta pintoresca fiesta data del siglo XIV, se deja de festejar por la migración de los pobladores rurales a la ciudad y las restricciones franquistas, según el régimen estas fiestas paganas eran censuradas. Ya que las figuras representan la degeneración y la tentación carnal, censurado en aquellos tiempos. Sin embargo la leyenda que cuenta los vecinos de la zona es “Que en la paramera, una vez al año los diablos abandonan el vientre de la madre tierra a través de una grieta que nadie conoce. Un estruendo de cencerros anuncia a vecinos y forasteros la llegada de los portadores de un misterio ancestral. Otros corriendo despavoridos por  las callejuelas van a toparse con las mascaritas que vagan sin dirección y sin expresión alguna, portadores de un secreto mudo”.

El hollín franquea todas las zonas visibles de su cuerpo, quedado cubiertas hasta el más mínimo detalle, donde solo se delata el traslucido de sus ojos, y sus largos dientes fabricados de patatas, acompañados de unos cuernos de toro que van a juego con sus túnicas negras  y cencerros que penden de sus cinturas, que dan el eco de la quebrada, mientras ellos desfilan en carreras intensas, hacia la plaza del pueblo.  

Su manifestación empieza con el ocaso,  la intensión de los diablos y mascaritas es de llevar consigo a los pobladores y perseguirlos hasta llenarlos de su hollín y aceite, provocando la huida de los pobladores que se asustan en cuanto se aproximan a ellos.   

El personaje del demonio está muy arraigado en la zona, donde antiguamente los célibes perseguían a las mozas, intentándoles manchar la cara.

Un pueblo donde la cultura, tradición  e historia, se funden para convertirse en uno de los mayores atractivos de los luzoneros.

texto:Sandra Negron/fotos:Salgado Alban.

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