“La mujer no recibe el mismo premio que el hombre a pesar de que recorren la misma distancia” Paulina Aulestia.

Fotografías : Óscar Arroyo-Mli-Ecuador / Archivo: Paulina Aulestia.


Muchos nombres son los que destacan en la lista de mujeres ecuatorianas que alzaron su voz en una sociedad dominada por hombres. Sin embargo, hay una mujer que podemos destacar, Paulina Aulestia. Quiteña nacida el 2 de diciembre de 1967, ha marcado un hito en el andinismo. Su lucha y constancia la llevaron a vencer los distintos obstáculos que encontró en su camino, marcando un antes y un después en la historia al alcanzar la cumbre del monte más alto del mundo, el Everest, en el año 2013. Se convirtió así en la primera mujer ecuatoriana en llevar a cabo esta hazaña.

¿Cómo se conforma su pasión por el montañismo?

Desde niña, siempre estuve inclinada a estas aventuras en la montaña, me gustaba ir a media montaña y mi papá nos llevaba. Después fui creciendo y ya subí al Ruco Pichincha, al Guagua Pichincha, para mí esto era algo muy especial, yo pasaba bien, me divertía, me encantaba esta actividad que demandaba esfuerzo. A los veintiún años ya me inscribí en el Club de Andinismo de la Universidad Central del Ecuador, y empecé a estudiar técnicas de montaña en la Escuela Provincial de Alta Montaña. Actualmente soy monitora de montaña y aspirante a instructora de alta montaña. 

¿Qué supone para usted el contacto directo con la naturaleza?

Para mí la naturaleza es algo mágico. Tras veinticinco años de estar en contacto con la naturaleza, se convirtió en una forma de vida. Sentir la energía de la montaña; tener un contacto directo y escuchar sus sonidos; sentir el frío o el calor; la nieve cuando estamos en altura; ver la formación del hielo y las grietas; todo eso se fue familiarizando. Esto se convirtió como en ir a un templo donde poder meditar y reflexionar, y llenarme de satisfacciones y alegría. La montaña es todo prácticamente, incluso me ha dejado cumplir el sueño que pienso es de todos los andinistas, que es llegar al Everest. 

¿Cuáles fueron sus primeros pasos en el montañismo?

Lo primero fue el Pichincha, al que he subido unas treinta veces aproximadamente. En el club a nosotros siempre nos gustaba venir a Cruz Loma, subir al Ruco Pichincha o hacer la integral, que es Ruco Pichincha, Padre Encantado y Guagua Pichincha. En esto nos demorábamos unas 13 horas y hacíamos nuestro campamento en el Guagua Pichincha. Pienso que este fue nuestro campo de entrenamiento, de familiarizarnos con la montaña. Después poco a poco cuando ya cogíamos estado físico nos íbamos a otro tipo de montañas; hay tantas en Ecuador que podemos disfrutar plenamente de este deporte.

¿Cómo supo usted hacerse un hueco en este deporte dominado por el género masculino?

Es complicado por el hecho de ser mujer. Yo pienso que a cada una de nosotras se le da la responsabilidad de hacer cosas nuevas en espacios distintos. Esa labor creo que me tocó a mí al momento de realizar el proyecto de las Siete Cumbres, y de haber llegado a la cumbre del Everest. Cuando fui al club de andinismo éramos pocas mujeres, y fuimos aceptadas para salir a la montaña. En momentos traté de posicionar que por el hecho de ser mujer no me delegaran tareas domésticas, porque en la montaña también hay tareas domésticas, y por lo regular las delegan a las mujeres y son los hombres los que van a las cumbres. Siempre fui rebelde ante esto y decía que todos somos iguales y todos podíamos repartirnos labores. 

Ahora que yo realicé este proyecto como mujer soy pionera en el Ecuador al realizar un proyecto a nivel internacional de montaña, donde relaciono mis conocimientos en estudio de género que tuve en la Flacso y mi profesión como abogada después de haber ejercido el cargo como comisaria de la mujer y la familia, lo cual hizo que me diera cuenta de lo que significaba la violencia de género, la discriminación por razón de género sin importar edad, ni clase social, y menos nivel intelectual. Solo por el hecho de ser mujer una ya nace discriminada.

¿Con qué obstáculos se encontró por el hecho de ser mujer?

Escribí mi proyecto y empecé a pedir auspicios en el Ministerio del Deporte; aquí ya tuve complicaciones, pues no aceptaban que una mujer presente un proyecto de manera autónoma. Esto causó un poco de conmoción en la sociedad y especialmente en el andinismo, y comenzaron a salir brotes de machismo y a tratar de evitar que una mujer logre esas cosas. Pienso que la personalidad de cada una hace que seas constante y aguantes este tipo de cosas. Esto incidió en mi proyecto en el cual me demoré siete años en concluirlo, porque no siempre encontraba los recursos. Me tocó autofinanciarme muchas veces. En el caso del Everest, al ser tan costoso pedí ayuda al Ministerio del Deporte y por fin al tercer intento en 2013 me concedieron el cien por ciento de la ayuda económica para financiarlo. Esto es una conquista como mujer porque ya se deja como precedente que las mujeres podemos plantearnos proyectos de montaña solas. Y tenemos nuestro propio discurso, defendemos nuestro género y nuestro espacio como mujer. Al concluir también el proyecto Siete Cumbres dejó un precedente y una categorización dentro de este deporte pues ahora por fin existen tablas de entrenamiento para mujeres.

Me ha costado mucho el reconocimiento también. Llegué a la cumbre y quedó invisibilizado. Los medios de comunicación se volcaron a dar la noticia, pero fue algo intermitente y no constante como cuando el primer hombre llegó al Everest. Por propia iniciativa tuve que solicitar que me reconozcan y logré que me den el reconocimiento en el Ministerio del Deporte, en la Concentración Deportiva de Pichincha, en la Federación de Chimborazo, en la Federación Ecuatoriana de Andinistas y en la Asamblea Nacional. No quería que reconozcan a Paulina Aulestia, sino que reconozcan a una mujer.

¿Cómo fue la llegada a la cumbre del Everest?

La primera expedición que hice al Everest fue en el 2006, estaba integrada por 3 hombres y por mí. En esa ocasión yo llegué a 8000 metros de altitud, pero no pude alcanzar la cumbre. Nos faltaba la logística y yo iba por primera vez al Himalaya y no fue tan fácil. No obstante, esto me sirvió como una gran experiencia para el segundo intento. Regresé al Everest en el 2009, la primera vez ascendí por el lado chino que es la cara norte, y la segunda vez fui por el lado nepalí, que es la cara sur. Este lado es más complicado y peligroso porque aquí está la cascada de hielo del Khumbu, donde se producen avalanchas constantemente. En esa ocasión llegué a los 8600 metros de altitud, estuve a tan solo 248 metros de la cumbre, pero el hecho de ir sola y no tener apoyo logístico me pasó factura además del acercamiento de una tormenta fuerte. Finalmente tomé la decisión de descender y elegí la vida. Tras esto me costó trabajo entender que la cumbre no siempre está en la vida de uno. Sin embargo, me resigné y volví a prepararme para la siguiente ocasión. Así pues, en el 2013 volví al Everest esta vez por la cara norte, y con apoyo logístico. Fui con una expedición suiza que me apoyó mucho, esto hizo que me concentrara en llegar a la cima. Así, finalmente alcancé la cima de la montaña más alta del mundo con ayuda de oxígeno.

¿Cuáles son sus proyectos de futuro?

El hecho de llegar a la cumbre con una expedición bien organizada y con un buen líder de montaña me permitió palpar los valores positivos que la montaña deja, como el respeto, la solidaridad, el trabajo en equipo, saber tomar decisiones a tiempo, defender la vida, el amor y la pasión por el deporte que practicas. Asumí esto con responsabilidad y entendí que uno de mis objetivos sería transmitir estos valores a la sociedad. Actualmente lo hago a partir de charlas motivacionales en las que inculco los valores de vida que aprendí en las diferentes expediciones y los valores que me transmitió la montaña.

En el área deportiva, empecé nuevamente a entrenar y estoy preparándome para ir al Himalaya dentro de dos años, igualmente manteniendo el mensaje de posicionar a la mujer.

 

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