UN ÁNGEL Y EL CÁNCER

“Tu niña tiene un linfoma proliferativo y no le quedan más de seis meses de vida, así que tú mira lo que tengas que hacer y aprovecha estos meses, porque no va a durar más de este tiempo”, fueron las palabras que el médico del hospital Niño Jesús de Madrid le dijo a Verónica, joven ecuatoriana, madre de Stefany Michel cuando la pequeña solo tenía cinco años
Michel nació en Ecuador, cuando su madre estaba cursando su carrera universitaria, por lo que los padres de Verónica la ayudaron a criarla. La niña tenía un gran apego con sus abuelos, puesto que era su primera nieta, tanto era así, que les llamaba papá y mamá.
Esta joven  llegó a España con su hija en el año 1998, cargada de ilusiones y con el propósito de buscarse un mejor futuro, pero lo que nunca supuso es que dos años después le diagnosticaran este tipo de cáncer a su niña.
Verónica nunca se imaginó que las innumerables pruebas que le habían hecho a su hija, iban a dar como resultado este tipo de cáncer. En un principio le decían que le iban a biopsiar el hígado, porque no encontraban lo que tenía, le decían que era una infección de hígado, de riñón, pero la realidad fue otra.
Las pruebas que le hacían a la niña duraron más de cuatro meses, por lo que su situación había empeorado hasta dañar en gran medida su organismo.
En aquel entonces, el linfoma que le detectaron a Michel era desconocido, este se había localizado primero en el hígado, después afectó a los riñones, y cuando pasó a los pulmones fue cuando le dieron el diagnóstico de que era un tipo de cáncer infantil.
¿Qué es el cáncer?
Es la pregunta que se hizo Verónica cuando se lo diagnosticaron a su hija. Según ella, hasta el momento en el que le tocó vivir esta enfermedad de cerca, no se había planteado de donde provenía, si ella o su ex pareja se la habrían heredado, si era genética, si había antecedentes de la enfermedad en su familia. Se culpaba a sí misma porque veía que la vida de su hija se estaba acabando y se sentía impotente por no poder hacer nada.
 Aún hoy en día hay personas que no saben en qué consiste el cáncer o por que se da. Pero siempre es importante saber de dónde proviene.Según el National Cáncer Institute: “El cáncer empieza por las células que forman los tejidos del cuerpo. A medida que se necesitan células, estas se van renovando, reemplazando así a las células viejas que están destinadas a morir. Cuando este reemplazamiento sale mal, es decir, cuando se forman células nuevas innecesarias, sin que las viejas hayan muerto todavía, ese exceso de células pueden ser las que forman el tumor. Los tumores malignos son los que forman un cáncer, invadiendo la zona cercana a su posición o pueden separarse y expandirse a otras partes del organismo”.
Verónica, madre de Michel, cuenta que cuando le diagnosticaron la enfermedad a su niña, ni ella ni la pequeña contaron con ayuda psicológica para afrontar esta situación, algo que reconoce, le hubiera sido de mucha utilidad. Se encontró sola frente a una niña de cinco años a la que tenía que explicarle lo que padecía.
“Le expliqué más o menos de que iba la enfermedad con la ayuda de los médicos y de las enfermeras y sobre todo, siempre diciéndole que ella saldría de eso. Es algo que no puedes dejar de contarle, puesto que ella se dio cuenta desde el primer momento, en el que nos enviaron al área de oncología, área donde ves como los niños que se encuentran ahí han perdido el pelo, algo que le impactó mucho. No puedes tapar la realidad, y menos a los niños, porque ellos se dan cuenta de todo. Aunque son muy pequeños aprenden a madurar muy deprisa”.
Michel se iba adaptando a su nueva situación por lo que veía que les pasaba a los niños que estaban a su alrededor. En el hospital tenían un colegio, al que los niños cuando podían asistían, si un día un niño no iba a las clases, Michel se imaginaba que la quimioterapia le habría sentado mal, si veía que alguno de sus compañeros faltaba dos o tres días se sentía contenta, porque eso supondría que le habrían dado el alta, si no volvían en dos o tres semanas, ella sabía que habría muerto, era consciente de que cuando a uno de ellos le daban el alta tenía que seguir asistiendo a sus revisiones durante los tres años posteriores.
Ni Verónica, ni la niña  se imaginaban el tiempo que se encontrarían en ese hospital, y cuando ya asimilaron poco a poco la enfermedad, era la niña la que la animaba a seguir “ya saldremos, ya se me pasará” le decía Michel a su madre. Incluso a veces apoyaba a otros niños y bromeaba con su enfermedad. Salía de su habitación para visitarlos con el carrito de los medicamentos y cuando empezaba a pitar corría hacia su habitación para enchufarlo diciendo, “permiso, que pita, pi, pi, pi, pi, que me muero”.
Michel logró superar los seis meses que le habían dado de vida, y al cumplirse el año encontraron una esperanza en la donación de cordón umbilical. Después de haber buscado por España y por toda Europa, y no haber encontrado un donante compatible, el hospital se puso en contacto con un banco de donación de cordón en Estados Unidos, que envió la sangre del cordón que era cien por cien compatible con Michel. Dice Verónica, “fue una coincidencia, ya que el cordón pertenecía a un bebé de padre ecuatoriano erradicado en ese país”.
 Con la sangre de este cordón trataron a Michel, le realizaron todos los estudios y la prepararon para recibir el trasplante. Desafortunadamente dicho trasplante no funcionó, puesto que cuando llegó ya habían pasado dos años y medio del cáncer de la niña y este había afectado todos sus órganos. Fue entonces cuando el médico le dijo a Verónica, “mira mamá, ya no se puede hacer nada por la niña, lo hemos hecho todo, la vamos a bajar a una habitación y lo único que podemos esperar es que su corazón deje de latir”.
“Mamá vamos a bajar a la habitación de los niños malitos que ya van al cielo”.
Según Verónica, la niña tenía claro en todo momento lo que le estaba pasando, y tuvo suerte de que su hija estuviera lúcida y pudiera estar con ella en el momento de morir.
“Mamá cuando yo me muera, por favor llévame a Ecuador y me dejas con mis abuelos, no me quiero quedar en España, después tú te regresas y pagas todo lo que tuviste que pedir”, “Ayúdame porque yo sé que me estoy yendo”, “Tengo miedo, porque solo veo que me están esperando, pero no estás tú”.
Verónica agradece que justo en ese momento llegaran las monjas del colegio de Michel, y le ayudaran a tranquilizarla. Le cantaron, le dieron palabras de aliento y la niña murió con una sonrisa, “mamá cuídate mucho, que yo me voy” le dijo cuando la tenía en brazos.
Como la niña le había pedido en varias ocasiones que la llevara a Ecuador Verónica le cumplió su anhelo. Ella sentía que si no lo hacía le iba a quedar algo pendiente “ya que estaba en un bache, te hundes hasta económicamente”, dice.
 El padrino de Verónica incluso tuvo que hipotecar su vivienda para que le permitiesen llevarse el cuerpo de su niña a Ecuador.
Cuando Verónica regresó de enterrar a su hija y haber pasado tres meses en Ecuador arropada por sus familiares, fue cuando buscó ayuda de un psicólogo. Allí había estado acompañada de su familia y cuando volvió a España se encontró su casa tal y como la habían dejado ella y su hija además de la deuda que había contraído durante la enfermedad de la niña.
La ayuda psicológica que recibió Verónica después de que falleció su hija, le sirvió mucho para poder sobreponerse del golpe que significa perder un hijo, pero siempre será mejor que se reciba dicha ayuda desde el principio de la enfermedad, para que así se pueda afrontar de mejor manera todo el proceso.
Verónica afirma ahora, después de 10 años de la muerte de su hija, que no todo lo que le trajo la enfermedad de Michel fue negativo. En esta etapa de su vida conoció según sus palabras a un ángel de la guarda. Fue una persona que estuvo con ella durante toda la enfermedad de su hija, visitaba a la niña en el hospital, le llevaba cosas que podía comer, entre muchas más atenciones. Cuando ella intentó buscarla, no la encontró y hasta hoy vive con el deseo de encontrársela algún día, porque fue una de las personas que hizo que la etapa más dura de su vida, fuera más llevadera.
Algo que también nos cuenta, es que a día de hoy sigue teniendo relación con varias madres que tuvieron que vivir la misma situación que ella, algunas de esas madres perdieron a sus hijos, pero otras tuvieron la suerte de que sus niños lograron superar la enfermedad y hoy en día se encuentran bien.
Según el último registro nacional de tumores infantiles, afortunadamente hoy en día la mayoría de cánceres que padecen los niños tienen un índice elevado de curación. Aproximadamente se diagnostican unos 1100 casos de cáncer infantil (en niños de entre 0 y 14 años) cada año en España, de los cuales, casi el 80 por ciento de los niños que padecen esta enfermedad logran superarla,  un dato esperanzador para los niños y sus familias.
texto:Pamela Barahona/fotos:Salgado Alban.
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